La salida del laberinto
Comenzó otro día como cualquier otro. Andrea saludó y agradeció un nuevo amanecer porque era desagradecida por naturaleza, era desagradecida de nacimiento y no quería ser una malnacida. Así que con estrella o estrellada. Por h o por b. Gracias a Dios o gracias al ángel caído se dispuso a comenzar su rutina. El libro estaba encima de su mesita de noche y pronto se vería con otra de sus sempiternas mini-faldas, sus carnosos labios pintados de un rojo provocador y leyendo en uno de los bancos de El Retiro en Madrid. Así empieza este cuento porque no es más que cuento igual que todo lo que sigue. Andrea va subiendo la Cuesta de Moyano, paso tras paso, acompasados con los trinos mañaneros de los pájaros, con la suave melodía de las ramas de los árboles mecidos por la brisa, sus zapatos de tacón de aguja, paso tras paso: toc, toc, toc y los gorriones: pío, pío, pío y la danza arbolada: bissss, bissss, bissss.... A continuación todo pasa muy deprisa. Se dispone a cruzar la calle ...