Capítulo 2

Mi habitación era compartida. Lo supe enseguida porque nada más adentrarme en la estancia en compañía de una de las enfermeras, observé que había dos camas. No pude evitar preguntarme cómo sería mi compañera : joven, mayor, amable, antipática  guapa, no tan guapa... observé también una radio encima de su mesita y algo de ropa sobre su cama por lo que ya tenía algunos datos: le gustaba la música y escuchar la radio y era delgada. Las habitaciones eran de chicas y de chicos tanto en la planta baja como subiendo las tétricas escaleras de caracol que conducían a la segunda planta. Todo lo envolvía un ambiente tenebroso, se oían portazos y puertas chirriar, genios y llantos a lo lejos con eco, como una cueva del infierno  alguien cantaba una nana y olía a rancio y a muerte. Estaba extrictamente prohibido que los chicos entrarán en las habitaciones de las chicas y viceversa. El cuarto era amplio con enormes armarios que llegaban hasta el techo. La enfermera me recomendó que guardará todo en el armario y me entregó un candado y una llave  "Así evitarás que te roben" me dijo. Había además una ventana alta enrejado tapada por una higuera que aún no había echado hojas ni frutos. Cuando la enfermera se marchó me quedé sentada en la cama con la maleta a mis pies. No podía evitar dejar de prestar atención a esa canción que provenía de una de las salas comunes con esa voz rota, suave y agridulce:
"A veces me costaba despertarme, a veces me dolía despertarme. Cuenta otro día en tu libreta, sal temprano por una grieta. A veces me costaba despertarme, a veces me dolía despertarme..." repetía una y otra vez. La canté yo misma en susurro y rompí a llorar. Después metí la maleta bajo la cama, Escondí la llave en la funda de la almohada y me derrumbé sobre la cama. Al poco tiempo me quedé dormida.

Cuando desperté vi una mujer morena, delgada y de unos sesenta años sentada en su cama:
-Qué hora es? - Pregunté.

La radio estaba puesta y en ese mismo momento dejaron de hablar para poner una canción.
-La hora de bailar - Dijo la mujer.

Y se levantó para hacerlo. Avanzaba y retrocedía en el poco espacio que quedaba entre el escritorio y su mesita, chasqueandi los dedos y moviendo los brazos. Su falda se movía al son de sus pasos. Me la quedé mirando sin decir nada. Llevaba puesta una camisa con una corbata y una enorme flor en el pelo. La imagen era peripatética:

-Señor presidente, yo no soy una Santa pero llegué virgen al matrimonio. No soy una pecadora! Cuándo me va a dar la justicia mi dinero  - Chilló en un momento dado al altavoz de la radio.
- He tenido muchas compañeras. Todas muy buenas. Cómo te llamas? - Dijo luego, dirigiéndose a mi.
-Karen - Le contesté.
-Yo Carol.

Carol me contó muchas historias a lo largo de mi estancia en "San Gleimore". A grandes o pequeñas dosis siempre resultaban impresionantes y sé que eran reales. Ella decía "Mi marido vendió mi máquina de coser para gastárselo en beber y jugar a las tragaperras. Con ella yo trabajaba, me hacía mis propios vestidos (tiene el armario lleno de esos vestidos, precioso, muchos de fiesta, despampanantes, más bonitos incluso que los de cualquier boutique de los barrios altos de Madrid que las enfermeras, sí, las propias enfermeras le robaban, por capricho y envidia haciendo uso de la mágica llave maestra que abría los candados de todos los armarios. Ella lo denunciaba, lo gritaba... Pero nadie puede creer algo así de una mujer que vive en un asilo, excepto yo, claro, no por nada sino porque lo veía con mis propios ojos. Ella seguía contándome su vida.... "Trabajaba con ella, hacía mantelería y pañuelos bordados que vendía en la calle, también bordada. Bien cara me costó, tuve que pagarla a plazos." Le dije que se enfadaría mucho entonces cuando él vendió la máquina y ella respondió que sí pero que su marido la calló a palos.
Carol era una mujer con todas las letras de la palabra. Crió a sus hijos y tuvo que soportar a un marido bebedor que la maltrataba físicamente. Mientras Carol, católica y buena, ejercía gustosa de madre riendo y bailando con sus tres críos, su marido se dedicaba a trabajar borracho y cuando terminaba su turno finalizaba su borrachera en el bar más cercano. En la actualidad, su marido, padece de una cirrosis desde hace cinco años y vive en un piso mientras la pobre Carol pasa sus días en "San Gleimore". Carol vivió muchos años bajo la dictadura del matriarcado a duras penas  Pero también amante enamorada, sufrió la amargura del desengaño, de muchos desengaños y no sólo no lo olvida sino que lo recuerda con amor. Brillan de ilusión sus ojos cuando ve pasar un avión y le dice adiós y le lanza besos y ríe de felicidad recordando a uno de sus amantes que era piloto. Finalmente decidió estar sola. Ells fue mi mejor consejera, era un regalo de Dios disfrutar de su sentido del humor y de qué aún le quedarán ganas de reírse a carcajadas. Fue alguien en quien pude confiar. Nº se puede decir lo mismo de todo el mundo.

Fin del Capítulo 2

Continuará....

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