Capítulo 4 (Continuación)
No sé si ser bondadosa en el siglo XXI se ha quedado trasnochado, tampoco sé si se trata de una suerte o una desgracia. La verdad, no lo sé. Pero sí sé que un afortunado día de diario monótono y gris como lo puede ser un lunes o un miércoles conocí a Karen en cuyo rostro podía leerse la palabra bondad. La escribían las arruguitas de su frente al levantar sus cejas cuando estaba asombrada o fruncía el ceño desconfiando o confundida, pero también las comisuras de sus labios cuando sonreía o su mirada perdida difuminándose con la lluvia agarrada al balón. No sé si era afortunada pero sí sé que se sentía muy desgraciada y sufría mucho. Lo sé sencillamente porque ella me lo dijo. También en una ocasión me dijo "pero.... Qué es eso de que las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes? Las malas no sé dónde irán pero yo creo que a mis veinte he pisado todo lo habido y por haber" Recuerdo que no pude evitar una carcajada y le contesté con ternura "El mundo es infinito, lo que vemos y lo que aún no. Te queda tanta vida y lugares por pisar como inabarcable es tu bondad" Creo que, en ese momento, la tierra se removió bajo nuestros pies.
Durante las conversaciones que mantuve con ella me di cuenta que no sabía distinguir entre lo que era el amor del placer, el placer de la amistad y la amistad del amor. Fuí espectador de una preciosa película romántica marcada por un trauma. Karen tenía veinte años. Su madre me llamó asustada y los motivos que me dio me parecieron de lo más desconcertantes. Ella dijo: "Mire, a mi hija Le ocurre algo malo. Muy extraño. Tengo mucho miedo por ella. Podría usted ayudarla?"
No sabía lo que me iba a encontrar y la verdad es que me sentí bastante más tranquilo y muy agradecido al ver pasar por la puerta a una jovencita de rostro aniñado y figura grácil y resuelta. Con pasos livianos que, por un momento, me dieron la sensación que no llegaban a tocar el suelo. Se sentó frente a mi y me saludó con un "hola" tan fresco, calmante y tibio como una caricia a las puertas de la iglesia en pleno invierno. Puede parecer una comparación extraña, sí lo sé, pero es lo que sentí, de verdad.
- Buenos días Karen. - Le contesté yo y a continuación utilicé la eterna pregunta que, por protocolo, debía utilizar para todos los pacientes nuevos que entraban en "San Gleimore" - Sabes por qué estás aquí?
Impulsivamente me espetó:
- Porque quiere mi madre.
Tenía aspecto de niña a pesar de ser una adulta y en su respuesta reconocí cierta rabieta infantil que me llevó a pensar que quizá algún trauma con la madre de niña le había dejado fijada en una edad bastante temprana. Lo que estaba claro es que estaba molesta, enfadada. Yo también lo estaría si estuviera en su lugar.
- Y dime, Karen. Por qué crees que tu madre te ha ingresado aquí?
- Porque le estorbo, no me quiere.
- No es eso lo que ella me ha dicho. Se te ocurre algo más?
- Porque bebo.
- Esa respuesta me gusta más Por un momento pensé que eras estúpida con esas respuestas que diría una niña de cinco años.
Karen apoyó sus puños unidos sobre sus piernas y se inclinó hacia delante. Su larga melena ocultó por completo su rostro.
- Karen! - Le grité
Repentinamente se incorporó, unas incipientes lágrimas asomaban a sus ojos.
- Es usted un maleducado! Estoy aquí porque mi madre quiere!
- Escucha - Le dije - Es la primera vez que te veo y ya me has dicho la primera parte por la que hay que empezar para que salgas de aquí. Por qué estás en "San Gleimore", Karen?
-Por qué bebo! - Dijo ella aún algo ofuscado.
-Premio! - Dije yo, exhalando el humo de mi pipa.
- Tenía resaca, tomé whisky con Prozac para dormir y me he despertado esta mañana en una asquerosa cama de este Hospital.
- No es ese el motivo.
- "Motivos hay muchos pero razones ninguna", es una de las máximas de mi amigo Pablo.
- Quién es Pablo?
- Es usted imbécil? Ya se lo he dicho, un amigo.
A punto estuve de confundirla con una niña mimada. Pero no. Karen era sumamente inteligente y, de alguna manera, perfectamente autosuficiente.
- Me dolía la cabeza, no soy alcóholica.
- Vaya - Dije yo - Tu estupidez te ha llevado a retroceder un paso. Me da igual si te dolía la cabeza como si viste un burro volando. Tu problema es el alcohol. La próxima vez que nos veamos hablaremos sobre las emociones. Ahora lárgate.
Karen se levantó bruscamente de la silla y me hizo el típico gesto del soldado al capitán víctima una vez más de su dolorosa amargura, podía leer muchas amarguras en su vida en sólo nuestra breve conversación. Antes de que se fuera no pude más que decirla:
- Espera.
Ella se volvió.
- Para el próximo mártes quiero que traigas algo escrito sobre tus emociones respecto al alcohol.
Me sonrió falsamente y se marchó. En ese momento no estuve seguro si lo haría Tras cerrar la puerta apunté en su historia: "inteligente y bondadosa y lo que más me preocupa Abnegación"
Continuará...
Durante las conversaciones que mantuve con ella me di cuenta que no sabía distinguir entre lo que era el amor del placer, el placer de la amistad y la amistad del amor. Fuí espectador de una preciosa película romántica marcada por un trauma. Karen tenía veinte años. Su madre me llamó asustada y los motivos que me dio me parecieron de lo más desconcertantes. Ella dijo: "Mire, a mi hija Le ocurre algo malo. Muy extraño. Tengo mucho miedo por ella. Podría usted ayudarla?"
No sabía lo que me iba a encontrar y la verdad es que me sentí bastante más tranquilo y muy agradecido al ver pasar por la puerta a una jovencita de rostro aniñado y figura grácil y resuelta. Con pasos livianos que, por un momento, me dieron la sensación que no llegaban a tocar el suelo. Se sentó frente a mi y me saludó con un "hola" tan fresco, calmante y tibio como una caricia a las puertas de la iglesia en pleno invierno. Puede parecer una comparación extraña, sí lo sé, pero es lo que sentí, de verdad.
- Buenos días Karen. - Le contesté yo y a continuación utilicé la eterna pregunta que, por protocolo, debía utilizar para todos los pacientes nuevos que entraban en "San Gleimore" - Sabes por qué estás aquí?
Impulsivamente me espetó:
- Porque quiere mi madre.
Tenía aspecto de niña a pesar de ser una adulta y en su respuesta reconocí cierta rabieta infantil que me llevó a pensar que quizá algún trauma con la madre de niña le había dejado fijada en una edad bastante temprana. Lo que estaba claro es que estaba molesta, enfadada. Yo también lo estaría si estuviera en su lugar.
- Y dime, Karen. Por qué crees que tu madre te ha ingresado aquí?
- Porque le estorbo, no me quiere.
- No es eso lo que ella me ha dicho. Se te ocurre algo más?
- Porque bebo.
- Esa respuesta me gusta más Por un momento pensé que eras estúpida con esas respuestas que diría una niña de cinco años.
Karen apoyó sus puños unidos sobre sus piernas y se inclinó hacia delante. Su larga melena ocultó por completo su rostro.
- Karen! - Le grité
Repentinamente se incorporó, unas incipientes lágrimas asomaban a sus ojos.
- Es usted un maleducado! Estoy aquí porque mi madre quiere!
- Escucha - Le dije - Es la primera vez que te veo y ya me has dicho la primera parte por la que hay que empezar para que salgas de aquí. Por qué estás en "San Gleimore", Karen?
-Por qué bebo! - Dijo ella aún algo ofuscado.
-Premio! - Dije yo, exhalando el humo de mi pipa.
- Tenía resaca, tomé whisky con Prozac para dormir y me he despertado esta mañana en una asquerosa cama de este Hospital.
- No es ese el motivo.
- "Motivos hay muchos pero razones ninguna", es una de las máximas de mi amigo Pablo.
- Quién es Pablo?
- Es usted imbécil? Ya se lo he dicho, un amigo.
A punto estuve de confundirla con una niña mimada. Pero no. Karen era sumamente inteligente y, de alguna manera, perfectamente autosuficiente.
- Me dolía la cabeza, no soy alcóholica.
- Vaya - Dije yo - Tu estupidez te ha llevado a retroceder un paso. Me da igual si te dolía la cabeza como si viste un burro volando. Tu problema es el alcohol. La próxima vez que nos veamos hablaremos sobre las emociones. Ahora lárgate.
Karen se levantó bruscamente de la silla y me hizo el típico gesto del soldado al capitán víctima una vez más de su dolorosa amargura, podía leer muchas amarguras en su vida en sólo nuestra breve conversación. Antes de que se fuera no pude más que decirla:
- Espera.
Ella se volvió.
- Para el próximo mártes quiero que traigas algo escrito sobre tus emociones respecto al alcohol.
Me sonrió falsamente y se marchó. En ese momento no estuve seguro si lo haría Tras cerrar la puerta apunté en su historia: "inteligente y bondadosa y lo que más me preocupa Abnegación"
Continuará...
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